En el zócalo de la pantalla de TN, durante el stand up de hoy del inefable Jorge Milton, podía leerse que la Tarjeta de Racionamiento de Dólares superaba hasta ayer al Plan Progresar por 149.000 a 63.000 (?) postulantes.
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28 de enero de 2014
10 de agosto de 2013
Buenos Aires, vida cotidiana y subsidios a granel
Ayer volví a casa en tren. Cuando
intenté sacar boleto en Retiro (Mitre) -aclaro que por mi condición de fóbico anti-K no tengo SUBE, resignando a
conciencia el beneficio económico que brinda- el boletero me dijo que como no
tenía monedas para el cambio, podía viajar gratis sin problema, situación que
se reitera a menudo.
Hoy subí a un bondi (59) y el
colectivero me dijo que pasara sin pagar, porque el dispenser de boletos contra
monedas no funcionaba.
Qué bueno.!!, me dije, y tratando
de verificar si la epidemia de gratuidad era contagiosa intenté pagar dos
pilas en el kiosko de enfrente de casa con cien pesos, pero la chica no me las
entregó porque no tenía cambio. Como el otro día me había pasado lo mismo en un
puesto de diarios, se me ocurrió que estas simples experiencias cotidianas nos
entregan un magnífico ejemplo del delirante régimen económico imperante.
Resulta
claro que aquellas actividades que se desenvuelven bajo las reglas del mercado,
sólo resultan sostenibles en la medida que obtengan una retribución por el bien
o el servicio que entregan. En cambio, las actividades subsidiadas
irracionalmente, cuyo precio no resulta significativo en su ecuación económica,
al extremo que puede prescindirse de su cobro, se financian mediante fondos públicos
asignados discrecionalmente, sin ajuste a criterios de racionalidad, y ajenos
por completo al más elemental sistema de incentivos que permita encuadrarlos en
pautas de una mínima eficiencia.
Lo paradójico es la falta de
conciencia social sobre el fenómeno. Es muy probable que las mismas personas
que, sin advertirlo, pagaron mis viajes, no me hubieran dado las monedas necesarias
si yo les hubiese pedido el dinero para hacerlo.
16 de junio de 2010
NO ESTAMOS PREPARADOS PARA LO PEOR
Como tantos, me he interrogado muchas veces acerca de lo paradójica que nos resulta la baja capacidad de prevención que ha desarrollado una civilización técnicamente tan sofisticada. Desde el derrame de petróleo en el Golfo de México, hasta la crisis económica en curso, desconcierta la vulnerabilidad de una civilización, sorprendida por eventos que uno imaginaba comprendidos en el rango de los futuribles. Una interesante columna de opinión del Washington Post (ver acá) hace un inteligente abordaje del tema, que parece explicarse en torno a tres circunstancias básicas: la creeencia acerca de la alternativa de la reparación posterior, el limitado horizonte temporal de los responsables, y la dificultad de cuantificar el riesgo de ocurrencia.
Personalmente, creo que en el fondo, una vez más, nos enfrentamos a un problema de incentivos. En este aspecto, la prevención siempre corre con desventaja, ya que, en casos como los que comentamos, si resulta exitosa, no genera una evidencia que acredite la recompensa.
Para pensarlo.......
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